Se trata de una opción todavía poco extendida en nuestro país, pero en otros lugares es una solución más a la hora de buscar una vivienda.

Cuando hablamos de vivir en un barco todos pensamos en los navegantes que pasan meses y meses fuera de casa habitando unos minúsculos camarotes y pisando tierra sólo cuando atracan en un puerto.

Cada vez es menos extraño encontrar en nuestros puertos gentes que habitan durante todo el año un barco, que permanece siempre atracado en el muelle.
Esta opción se da con más frecuencia en otros países, como Holanda, en el nuestro aún se trata de algo nuevo y sin muchos adeptos aunque cada vez son más.

En definitiva, las diferencias entre un barco y una casa son mínimas, las embarcaciones están pensadas para que sus tripulantes puedan residir en ellas cómodamente durante largas temporadas y cualquiera cuenta con las condiciones mínimas.

Eso sí, para poder vivir en un barco la primera condición es que al residente le guste el mar. Aunque no tenga pensado desplazarse en el navío en el que habite debe poder tolerar las pequeñas incomodidades de la vida en el mar: el movimiento según el ritmo de las aguas, el olor del salitre puede resultar molesto, los puertos acarrean un lógico trajín al que hay que acostumbrarse, etc.

En primer lugar señalaremos que vivir en un barco puede resultar más económico que comprar una casa. Los precios de las embarcaciones varían mucho según su tipo pero en general se pueden encontrar muchas de precio asequible. Además, ni siquiera tenemos que adquirir un barco, podemos alquilarlo, como si fuera una vivienda.

Los gastos fijos de vivir en un barco son básicamente el amarre del puerto, que es la tarifa que un puerto cobra a las embarcaciones varadas en él. Dentro de este coste se suele incluir la toma de agua y electricidad.